Rosa Huertas

juvenil infantil
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Fragmento: Mala luna

Las palabras esconden a veces cuchillos afilados.

Una frase agazapada en el tiempo puede desgarrarnos la piel con el frío del acero. Un nombre basta para que la memoria nos devuelva al mejor momento de nuestro pasado, de nuestra vida.

O al peor.

El anciano José Castillo encontró en el diario que se hallaba ojeando unas palabras que se le clavaron en el alma y lo transportaron a una terrible mañana de marzo, más de medio siglo atrás.

Clara, su nieta, velaba su reposo después de la intervención. Sentada a su lado, vigilaba cualquier movimiento que revelase la más mínima inquietud del abuelo. Lo veía desvalido, por primera vez en su vida, y sabía que él detestaba esa situación. Él, José Castillo, tan íntegro y fuerte como su apellido, tenía que resignarse a ser ahora el enfermo, el dependiente, el frágil.

Llevaban toda la tarde en la aséptica habitación y él apenas había pronunciado un par de monosílabos. Sin embargo, Clara era consciente de que  apreciaba su compañía más que ninguna otra cosa para ayudarle a superar la convalecencia de aquella inoportuna operación. Su madre le había contado que las primeras palabras del anciano tras despertarse de la anestesia fueron para preguntar por Clara, esa nieta rebelde que le había robado su alma de abuelo tardío: cuando ya tenía edad casi para ser bisabuelo apareció la niña para volverlo todo del revés.

Clara no pudo notar cómo el abuelo aferraba el periódico con las manos y palidecía. Castillo se removió en la cama, lanzó una especie de gruñido seco como si un dolor agudo le punzase la herida, balbuceó algunas palabras que la nieta no pudo entender y, al fin, arrojó el periódico lejos de sí con todas sus fuerzas.

- ¡Maldito Chino! – exclamó temblando.

Las palabras del anciano sobresaltaron a Clara, que no esperaba oír su voz tan ronca ni tan agresiva. Se puso en pie de un salto, muy preocupada. ¿Estaría delirando?

-¿Te encuentras bien? – le preguntó acercándose a la cama.

Castillo la miró… ¿Qué podía responder a su nieta? ¿Que el dolor más agudo, el peor, es el que quema en el alma?

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